DEJA LA MÚSICA ENTRAR
La música viene de la sala al final del pasillo. Un pasillo largo, mal iluminado, ancho y de techos altos, propio de construcciones antiguas, de principios del siglo pasado, erigidas con maderas nobles, con ventanas monumentales, con puertas anchas e infranqueables, pesadas e inamovibles.
Edificios viejos, con vida e historias. Con entretechos llenos de ratas, de diarios viejos, de recuerdos oscuros, de baúles, de viejas ropas, de secretos.
Edificios viejos, con historias espeluznantes sobre sus rincones, sobre sus áticos, sobre sus subterráneos, sobre las viejas habitaciones clausuradas en el tercer piso, sobre las torturas a los alumnos cuando se portaban mal, sobre los asesinatos en tiempos de guerra, sobre los golpes, las varillas, los abusos. Miles de historias. Miles de cuentos. Pocas certezas.
Pero esa música viene de la sala al final del pasillo. Del fondo del tercer piso, de una vieja sala clausurada muchos años atrás. El tercer piso no se utiliza más que como taller, para las clases de orden manual, para cortar, aserruchar y martillar maderas, y construir lámparas y otras porquerías que quedan relegadas al fondo de los closets de algunos alumnos y algunos padres, aquellos demasiado sentimentales como para largarlos a la basura apenas llegan a sus hogares.
La sala al final del pasillo tiene unos tablones de madera cruzando la puerta de lado a lado, y la cerradura ha sido removida. Sólo hay una cadena vieja asegurada con un viejo y oxidado candado. Nadie se preocupa de lo que hay detrás de aquella puerta, excepto los alumnos. La curiosidad es enorme en los niños. Aquellos alumnos que pasan los recreos corriendo por el pasillo del tercer piso, jugando a las escondidas, al paco y el ladrón o pateando una bola de diarios envuelta en una media. Algunos dicen oír cosas tras la puerta, ecos del pasado, martillazos, golpes, hasta risas. Pero la puerta esta tapiada, y sólo pueden pegar las orejas e imaginar.
Hasta un viernes, en días cercanos al final de las clases, en el que ya no necesitaron más de su imaginación.
¡Vengan todos, la puerta de la sala prohibida está abierta!
Los niños corrieron, subieron las escaleras de dos en dos, y tres en tres, exaltados, respirando con dificultad. Era lo que habían esperado por meses, años.
¿Entraste?
¿Estás loco? Nunca entraría ahí solo.
¿Y qué hacemos?
Entremos todos juntos, así es más seguro.
¿Seguro?
Sí, somos hartos, ¿qué podría pasar? Si alguien tiene un accidente otro corre y avisa.
¿Y si hay un maldito fantasma?
No seas estúpido.
Te lo digo, un fantasma no se asustará de ver un grupo de niños.
Cállate cobarde.
Vamos, entremos, no pasará nada. Seguro el conserje anduvo revisando algo y olvido cerrarlo. Quizás no tengamos otra oportunidad.
La puerta estaba entreabierta. Los tablones de madera estaban quebrados, trizados, como si las hubiesen sometido a un golpeo constante hasta la fractura. Una seguidilla de patadas, o alguna herramienta pesada podrían haber logrado el objetivo. Los 7 alumnos se detuvieron frente a la puerta, amontonados, y uno a la cabeza avanzó lentamente hacia la habitación abandonada, con la mano derecha en alto dispuesta a empujar poco a poco la puerta y entrever que es lo que había del otro lado. Comenzó a empujar, abrió bien sus ojos, acercó su rostro al espacio entre ambas puertas y echó un vistazo. Eran las 12 con 17 minutos.
A las 16: 30 horas, varios padres preocupados esperaban en la entrada del colegio. Sus hijos no aparecían. Minutos antes, el conserje caminaba apresuradamente hacia la oficina del inspector general y estos, acompañados por el director, subían raudos las escaleras hacia el tercer piso.
Una música débil y aguda provenía del final del ancho pasillo. El pasillo de madera, mal iluminado y de techos altos. El antiguo pasillo levantado por obreros y monjes más de un siglo atrás.
Caminaron los tres en silencio, con los ojos bien despiertos. Se miraron los unos a los otros, nadie sabía porque aquella puerta al final del pasillo se encontraba abierta.
Cruzaron el umbral. El inspector emitió un leve quejido. El director vomitó sobre el suelo cubierto de aserrín. El conserje se quedó impávido, silencioso, y retrocedió unos pasos, pero al darse vuelta encontró la puerta cerrada, tapiada por fuera. Las cadenas y el candado en su tradicional lugar.
La habitación al final del pasillo era amplia, enorme, de techo alto, con ventanas monumentales, con varias mesas, con viejas máquinas de carpintería, con viejas herramientas de trabajo. Y sobre la mesa de centro, uno de los 7 jóvenes estaba sentado, con las piernas cruzadas y con los ojos bien abiertos.
El aserrín había sido desparramado para cubrir el suelo pegajoso. Había minúsculos trozos de hueso y piel por todos los rincones. Las herramientas aún goteaban. Los dientes de los serruchos, los martillos, un viejo taladro manual, todos aún goteaban. No había cuerpos, sólo restos desperdigados por la vieja y amplia sala. Un olor putrefacto. Una oscuridad y un hedor agobiantes.
El niño dirigió a ellos su rostro y movió su cabeza en 45 grados primero a la derecha, luego a la izquierda. Entonces abrió la boca.
Muchas cosas pasan en un viejo colegio. Compañeros que golpean a otros compañeros, profesores que abusan de los alumnos, y gente encargada de protegerlos que sólo mira para otro lado, que finge no ver las cosas horribles que suceden justo frente a sus ojos. Pues que así sea. Si nada han de ver, entonces, ¿para que los necesitan?
Su sonrisa deformó su rostro y con su cabeza indicó, sobre un costado de la mesa, una bandeja de madera con 12 pares de ojos. Luego levantó sus manos y mostró en ellas un destornillador largo y una espátula, ambos viejos y oxidados, reliquias de la derruida aula.
Estuvimos practicando, - hizo una pausa mientras sonreía irónicamente – ya verán...
Los 3 adultos se vieron rodeados por los otros 6 jóvenes. En silencio, se dispusieron alrededor de los mayores y los tomaron de los brazos. El niño sobre la mesa dio media vuelta y encendió la radio. Viejas canciones, tonadas de los años en que aquella sala tenía aún sus puertas abiertas, antes que los progenitores de estos niños o que los mismos profesores hubieran siquiera nacido.
Abajo, el grupo de padres esperaba inquieto en el hall del colegio. Estaba todo en silencio. Algunos alumnos paseaban por los pasillos del primer piso, pero no podían encontrar a ningún profesor o adulto que trabajase en el lugar. Niños y nada más.
Ender.